La memoria herida : «El regreso»

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Hace diez años, tal día como hoy, murió mi abuela. Era un día de verano rezagado, de estos últimos días de tránsito entre el estío que se resiste y el otoño que se distrae. Se fue sin hacer ruido. Esperaba su muerte. Había perdido la memoria, ella que tanto se aferraba a sus recuerdos por mucho que dolieran, por mucho que costara tejerlos día a día como una fiel Penélope. Yo me quedé con ellos; heredé su delicada tela de tristes remembranzas, y ahora la tiendo al sol de esta ventana al mundo.
De todos sus recuerdos quisiera rescatar el de un reencuentro. La vuelta de mi abuelo en un día cualquiera de aquella larga noche de piedra que les tocó vivir. Volvía de Burgos, de ese triste y sórdido penal donde se pudrían miles de presos republicanos. No sabía donde ir; su familia estaba desaparecida y sólo tenía las cartas de mi abuela, con la que ni siquiera estaba casado, y a la que no sabía muy bien qué decirle después de varios años separados. La historia de amor de mis abuelos es una historia epistolar, llena de cartas, matasellos, poemas, nombres tachados, sobres devueltos… Esto es sólo un retazo que yo rescato ahora en esa lucha contra el olvido que ella empezó y yo sólo continúo.

«El regreso»

Abrió la puerta y lo encontró esperando. Perdido, desolado, hambriento, exhausto. No llevaba equipaje, tan sólo un sobre descolorido con una dirección: Bravo Murillo, 132. 1º derecha. Reconoció su letra; le había escrito esa carta hacía ya tres años. ¡Pensaba que habría muerto! Lo miró desolada. ¡Estaba tan delgado, tan cansado, tan triste! No supo qué decir… ¡No dijo nada! Lo abrazó, y la certeza de ese abrazo pareció devolverles de nuevo la esperanza.
Pero fue una ilusión, un brillo pasajero: la realidad se impuso («habéis perdido, necios, ¿es que no oís? ¡Vencidos! Callad, callad, desterrad las palabras, ¡cortaos la lengua si hace falta! Pero, ¡silencio! Escondeos en vuestras catacumbas, que nadie pueda oír vuestro inútil lamento»).
No quería que él sintiera su miedo, que pudiera olerlo, intuirlo siquiera. Intentó no pensar, no recordar.
Cerró la puerta. Se quedó fuera el frío. ¡Qué largo estaba siendo aquel invierno! El tiempo se detuvo en aquel dormitorio, entre sábanas blancas y cajones vacíos. Sobraban las palabras. El amor es experto en silencios oportunos.
Aprendieron a vivir en el mutismo, en el sigilo, en la cautela. El tiempo de los ideales había pasado. Ahora era el tiempo de la supervivencia. Encogidos, larvados, agazapados, quietos… Aguardando si acaso, que, algún día, alguien les anunciara el esperado regreso de la primavera.

( Este breve relato forma parte de La memoria herida y otros relatos)

8 opiniones en “La memoria herida : «El regreso»”

  1. Es increible lo que querias a tu abuela y todo lo que estas haciendo para que ni su recuerdo ni el de las personas que eran como ella (los vencidos, como tu llamas) se borren. La verdad, es que si tu abuela era como siempre la describes me hubiera gustado conocerla. Tu abuela estaria muy orgullosa de ti.
    Besos

  2. Es mi legado. Otros tienen tierras, títulos, «buffetes» de abogados, grandes fortunas. Yo tengo recuerdos, cartas, poemas y todo el amor que ella me dio entre historia e historia.
    PD: Coge fuerzas que te espero este nuevo curso con muchos proyectos…

  3. He imaginado a tu abuela como si se tratara de la mía. He sentido cómo se erizaba mi piel en la separación y en el encuentro. He recordado a todas las abuelas y a todos los abuelos que se amaron en el silencio de las palabras y a todos los que murieron sin poder escuchar una vez más su sonido, ni tener una nieta capaz de dar voz a su historia. Tengo que conseguir la publicación completa. Ya me dirás dónde conseguirla.

  4. Mi abuela se llamaba Carmen, como tú. No sé que tenéis las Cármenes que me llegáis al alma la verdad.
    Para leer los cuentos puedes pinchar en el link pero si quieres el libro pincha en la portada de La memoria herida, en la barra lateral.
    Gracias por tus palabras. Me dan ánimo y le dan sentido a muchas cosas.
    Un abrazo

  5. Me faltan las palabras para expresar todo aquello que he sentido al leerte.

    Acaso ¿hay algo más bonito, mejor herencia que los recuerdos?. Me vienen ahora a la mente todas aquellas historias que me contaba mi abuelo (recientemente fallecido y al que echo terriblemente de menos) en aquellas tardes de invierno en las que no trabajaba porque hacia turno de mañana o noche. Aquellas historias en las que pese a todo nunca hubo rencor sólo una terrible tristeza.

    Un abrazo

  6. Lo cierto es que aquella generación tenía mucho que contar, y sus nietos tuvimos una suerte increíble de poder guardar sus historias en el corazón. Gracias por compartir aquí tus experiencias. Un abrazo.

  7. Mi abuela materna murió hace casi un año, el día 30 de septiembre, y apenas en un mes le siguió mi abuelo. A los abuelos paternos los perdí hace más tiempo. Cada uno de mis abuelos fue de un bando, pero creo que los dos fueron perdedores, gente para la que la vida es siempre difícil. Su única victoria fue que murieron de viejos, con personas que les recuerdan y les añoran. Aquella generación tenía mucho que contar, como tú dices. El tiempo de los ideales se fue para no volver, siempre se va. O se lo llevan.
    Un abrazo, Marisa.

  8. Fue una generación con un baúl lleno de historias, ¿verdad?
    A mí me gusta recordarlas y compartirlas con los demás. Gracias por formar parte de aquellos que se han parado a leerlas… Un abrazo muy grande Olga.

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