Mariposas blancas.

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Hoy sólo quedan mariposas blancas sobre mi alma desnuda…
Segundos como cadáveres, cementerios de olvido los minutos estériles (tanto tiempo perdido, tantas palabras muertas, tanto polvo de estrellas).
Y siempre mariposas blancas sobre mi alma desnuda…(mariposas inocentes, desvalidas, escuálidas, hambrientas de amor…).

Mi lugar en el mundo.

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He de reconocer que una de las ventajas de tocar fondo, si es que puede haber alguna, es que acabas por comprender lo que realmente importa y por dilucidar lo que realmente eres.
Definitivamente creo que soy afortunada.Crecí entre personas de una enorme calidad humana, que me legaron un profundo amor por la cultura y una vocación de humanismo y empatía con los más desafortunados, así como un anhelo de justicia, reparación, igualdad y progreso que implica un sincero y constante compromiso más allá de las palabras. Los libros me rodearon desde muy pequeña. Me acunaron con poemas y aprendí a leer muy temprano (tan sólo tenía tres años cuando mi abuela me enseñó a juntar las letras y descubrí la magia de leer). Siempre hubo poesía en mi vida. Nunca pensé que sirviera para otra cosa que no fuera para hacerme feliz, para despertar extrañas y profundas sensaciones, para encender la luz de los rincones oscuros de mi conciencia.
Estudié la carrera que deseaba con el beneplácito y, más aún, con el orgullo,de los míos. Enseñar, transmitir el amor por los libros, por las divinas palabras de nuestra lengua, fue mi vocación desde muy niña, y a ella he tenido la gran suerte de poderme dedicar. Gracias a ello tengo un trabajo que me satisface y que me permite vivir muy dignamente, y que, además, me deja tiempo para entregarme a mi otra gran pasión: escribir. No vivo de mis versos ni de mis prosas, no tengo necesidad de hacerlo. Pero mentiría si no reconociera que «me han tentado las sombras del abismo», que he querido tocar el cielo de la gloria, rozar siquiera un instante el reconocimiento, sentarme a firmar libros, sentir la calidez de los lectores, ver mis textos impresos, palpar las hojas nuevas, impregnarme de ese olor que dejan los libros recién abiertos… Mas sé que la ambición siempre pasa factura.
Después de varios intentos fallidos pensé en callar de nuevo, como ya hice una vez. En dejarme llevar por la dulce tentación de la derrota… Pero escuché su voz, venida de lejos, del lejano vértice de la memoria, la voz de aquella mujer digna y valiente que me enseñó que en la vida no hay vuelta atrás, que no debemos temer a los naufragios, porque en ellos reconoceremos a los verdaderos amigos, que hay que saber vivir en los fracasos y la desesperanza y seguir respirando , aún cuando el aire se haya hecho irrespirable.
Así que aquí sigo, dudando, temblando, pero siempre escribiendo, enredando palabras, conjurando con ellas el miedo y el olvido, la pena y el silencio.No cederé al hastío, y apuraré cada uno de los dulces momentos que la vida me ofrezca, y cuando sean amargos, los beberé también.
Al fin he descubierto mi lugar en el mundo: aquí, junto a los míos; rodeada de palabras, de amigos, de ilusiones que tal vez no se cumplan ; de oscuras cicatrices, que me hacen ser quien soy.

El árbol(II)


Ilustración de Ana C. Martín

El viento del otoño azotaba sin tregua las ramas del árbol. Por mucho que éste se empeñaba, nada podía contra la fuerza de aquel soplo que le despojaba cruelmente de su bello manto de hojas amarillentas. Le gustaba especialmente el abanico de colores que se mezclaban en su copa al llegar septiembre: del marrón al amarillo, pasando por el rojo, el ocre, el sepia y alguna pincelada tímida de un verde que se resistía a ceder su terreno. ¡Pero duraba tan poco aquella fiesta de colores otoñales!… El viento de octubre se había llevado una vez más su abrigo estival, y tan sólo una hoja conseguía sostenerse soportando aquel vaivén incesante.
¡Cuántas veces los vientos del otoño sacuden nuestras vidas empeñados en llevarse todo lo que quedó caduco, el equipaje que ya no nos sirve, el absurdo fardo de lo irrecuperable! Y nosotros, como la irreductible hoja del árbol , nos aferramos a lo que fuimos por miedo a lo que nos depara el largo invierno, sin ser capaces de confiar en el eterno ritual de renacimiento que nos regalará la primavera…

Enredando Historias.Antología de relatos breves.

Filantropías

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«Mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía(…)»
A.Machado

A veces, amo al hombre…
Lo miro en su infinita fragilidad, inmensa…
En su hambre, en su memoria,
en la luz que ha perdido.
Lo miro, y me conforta
saber que estamos, todos,
(el que más o el que menos)
luchando a dentelladas contra el mismo destino.

A veces, miro al hombre,
y me produce pena
y una inmensa ternura,
verlo tan aturdido.
Y quisiera abrazar a cada ser humano,
decirle: no estás solo.
Pero mi voz se ahoga.

¿Qué decirle a los otros en medio de las prisas?
Cada minuto es algo imprescindible.
No podemos gastarlo, malgastarlo, perderlo.
Esclavos de un horario
hemos perdido el ritmo de la vida,
el que imponen las hojas cayendo del ramaje,
el de la lluvia fina
mojando lentamente cada palmo de tierra,
el del sol que declina,
el del amanecer insobornable.
Porque, pese a Neruda,
hemos perdido todos los crepúsculos,
buscando una alborada inexistente.

El derecho a la memoria

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Foto familiar: mi abuela Carmen, mi tío Rafael y sus padres en el domicilio familiar. Año 1942.

Vivimos en un país donde tener memoria es síntoma de rencor, y donde pasar página y enterrar el pasado es la actitud general que se ha venido propiciando desde todos los ámbitos: político, social y familiar. A pesar de todo hay quien se niega a olvidar por diferentes motivos: por lealtad a la verdad histórica, por lealtad a sus familiares represaliados, por lealtad a los valores universales de justicia y reparación… Muchas pueden ser las razones que nos llevan a muchos ( hijos y nietos de republicanos, historiadores, escritores, intelectuales) a empeñarnos en rescatar la historia de una ignominia que duró nada menos que cuatro décadas. Las voces amuralladas durante aquella etapa nunca fueron escuchadas como realmente se merecían. Para ellos no hubo mausoleos, ni calles, ni estatuas. Como garantía de lo que ellos creían un futuro en paz y libertad para sus nietos, decidieron callar y no pedir justicia.
Les arrebataron el último de sus derechos: el derecho a la memoria.
Es por eso que yo creo firmemente en la necesidad de reivindicar ese derecho. Y lo haré , aunque nadie me escuche, aunque mi voz sea sólo la ceniza, aunque me quede sola gritando en un desierto , entre dunas de sal y de silencio. No callaré, no abandonaré mientras su recuerdo, su legado, su utopía, formen parte de mí. Nada espero, porque ellos, al final, ya nada esperaban. Aquí dejo mi voz,mis palabras de humo y piedra, y mi profundo amor, que es lo que , en el fondo, alimenta la memoria y el recuerdo de los que ya no están.
Dibujando la memoria

Un sencillo gesto

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Somos extrañas criaturas. A veces el cuerpo más frágil guarda un alma y una voluntad inquebrantables; y el armazón más fuerte, esconde un corazón, tan frágil, que se rompe fácilmente en cientos de pedazos irrecuperables.
Vivimos llenos de contradicciones irreconciliables, nos asaltan las dudas, aun creyendo estar plenamente seguros. A veces nos crecemos en el dolor y las penurias y , sin embargo, nos quedamos exhaustos tras un momento de felicidad, o de gloria…
Cada día es una victoria, un pequeño milagro que nos concede el tiempo. Pasamos por los días a una velocidad vertiginosa, no paramos, no escuchamos, no abrazamos, y , sobre todo, no damos las gracias. Agradecer supone reconocer al otro, hacerle ver que sabemos que está ahí y que valoramos sus gestos. Por eso no quiero dejar pasar ni un solo día más sin decir, a todos los que se lo merecen, gracias. A los que me alentasteis, a los que me acompañasteis en las penas y las glorias. A los que me habéis hecho saber que estáis ahí y que puedo contar con vosotros. A los que, desde el silencio, venís a leer a este rincón, y os marcháis de puntillas. A todos los que me habéis hecho confiar en el poder de la palabra, y en su capacidad de unir en la distancia con hilos invisibles de afecto y complicidad. A los que os fuisteis, a los que regresasteis, a los que nunca habéis fallado: os doy las gracias y os reconozco. Y ese sencillo gesto me hace sentir que, este noviembre, tal vez, sea menos frío…