Releyendo a Rubén Darío

Ruben Darío es, sin asomo de duda, uno de mis poetas imprescindibles. Tendría que remontarme a las tardes de invierno de mi cada vez más lejana infancia, cuando, como un juego mnemotécnico, mi abuela pronunciaba las palabras mágicas «Juventud, divino tesoro…», y yo debía contestar «ya te vas para no volver…», y ella, con una sonrisa de secreta satisfacción continuaba » cuando quiero llorar no lloro…«, y yo, para que su satisfacción fuera completa, respondía «y a veces lloro sin querer…».
Unos años después, en los últimos cursos de EGB, D. Antonio ( un profesor delgado, con un marcado acento sevillano y una inclinación ciertamente tendenciosa a pedir «voluntarios») se acercó a mi pupitre y, señalando con su dedo índice mi libro abierto, dijo: «lea jovencita, lea». Tembló mi voz con los primeros versos de la Sonatina ( «la princesa está triste…»), pero, a medida que avanzaba en la lectura, la sonoridad de aquellas palabras me envolvía y al llegar a la «hipsipila que dejo la crisálida/ la princesa está triste, la princesa está pálida…», el ritmo me había embriagado completamente, y la secreta belleza de aquellas esdrújulas me había conquistado para siempre.
Años después hice mío aquel decálogo poético que precede a su obra El canto errante: «La poesía existirá mientras exista el problema de la vida y de la muerte. El don del arte es un don superior que permite entrar en lo desconocido de antes y en el ignorado de después, en el ambiente del ensueño o de la meditación. Hay una música ideal como hay una música verbal. No hay escuelas; hay poetas. El verdadero artista comprende todas las maneras y halla belleza bajo todas las formas. Toda la gloria y la eternidad están en nuestra conciencia”.
Más allá de su mistificada imagen de esteta decadente, de poeta preciosista, Rubén Darío es un poeta prometeico de la modernidad; un incansable buscador del fuego y la palabra; un creador en eterna lucha contra lo inefable. Su profunda angustia existencial, su anhelo y su necesidad de descifrar el enigma, de encontrar la ARMONÍA que pudiera salvarle del nihilismo, impregnan toda su obra, y se hace más patente a partir de Cantos de vida y esperanza. Los versos de su «autorretrato artístico y vital» nos desvelan un alma sensible, atormentada y rebelde , que sufre los embates de la incipiente sociedad moderna (con su individualismo competitivo, y su desaforada carrera hacia la bonanza económica, dejando a un lado todo aquello que no fuera potencialmente productivo), así como la terrible orfandad espiritual a la que se enfrenta el hombre del siglo XX.

Yo soy aquél que ayer no más decía
el verso azul y la canción profana,
en cuya noche un ruiseñor había
que era alondra de luz por la mañana.
(…)
Yo supe de dolor desde mi infancia;
mi juventud… ¿fue juventud la mía?
sus rosas aún me dejan su fragancia,
una fragancia de melancolía…
(…)
En mi jardín se vio una estatua bella;
se juzgó mármol y era carne viva;
una alma joven habitaba en ella,
sentimental, sensible, sensitiva.
(…)
La torre de marfil tentó mi anhelo;
quise encerrarme dentro de mí mismo,
y tuve hambre de espacio y sed de cielo
desde las sombras de mi propio abismo.
(…)
Y la vida es misterio; la luz ciega
y la verdad inaccesible asombra;
la adusta perfección jamás se entrega,
y el secreto ideal duerme en la sombra.
(…)
La virtud está en ser tranquilo y fuerte;
con el fuego interior todo se abrasa;
se triunfa del rencor y de la muerte,
y hacia Belén… ¡La caravana pasa!

Cuando me siento triste y vienen a tentarme las grises «sombras del abismo», cuando las respuestas no acuden una vez formuladas las eternas preguntas, entonces recuerdo la última estrofa de su poema «Nocturno», y dejo que sus versos se enreden entre mis dedos y los repito, lentamente, dejándome envolver por sus «divinas palabras» :

Todo esto viene en medio del silencio profundo
en que la noche envuelve la terrena ilusión,
y siento como un eco del corazón del mundo
que penetra y conmueve mi propio corazón.

10 opiniones en “Releyendo a Rubén Darío”

  1. Y algunos se preguntan por qué todos los alumnos quieren que les des clase tú… Si yo te contara como me explicaron a Ruben Darío. Después de leer tu entrada voy a releerlo para congraciarme un poco con él.
    PD También sé que tu sonrisa, siempre ha hecho estragos entre tus alumnos, y que «rompiste» muchos, muchos corazones adolescentes. Un abrazo.

  2. Me alegra que vuelvas a releer a Darío. Es un poeta muy leído pero en el que pocos se paran a reflexionar más allá de su preciosismo formal. Fue el maestro indiscutible para muchos autores posteriores y creo que, todavía, tiene mucho que enseñar.
    PD.»Quien tuvo retuvo», pero lo de los corazones rotos me temo que quedó en el pasado…

  3. A mí R. Darío nunca me gustó demasiado, pero lo cierto es que leyendo tus palabras uno entra en conflicto con sus propios prejuicios y estereotipos.
    PD. Disiento en lo de que ya no rompes corazones… ¡Ni que fueras una venerable ancianita! Si ahora es cuando estás a punto de entrar en la decada «prodigiosa» de los cuarentones.Aférrate al 3 que te queda poco. Un abrazo.

  4. «Guasón» os veo amigo Fernando. En fin… Siempre digo que todo poeta es un mundo y que cuando lo leemos despierta en nosotros emociones diferentes. Nadie hace la misma lectura de un texto, aunque la interpretación sea aproximada y el análisis formal también se parezca, la emoción íntima, la sugerencia, esa es intrasferible.

  5. Aún recuerdo cuando me tocó recitar (ya que siempre he sido de los «voluntarios» de lectura en clase y de las «no clases») a Rubén Darío, a mi me tocó «Cantos de Vida y Esperanza».

    Un abrazo.

    PD: Me quedo intrigado con lo de la sonrisa «rompecorazones».

  6. Con el permiso de Marisa, te diré que su sonrisa nos conquistó a todos cuando apareció en la sala de profesores del instituto. Los alumnos bajaron su tasa de absentismo y todos la llamaban «la Sharon Stone de las Españas»… De esto hace quince años, pero sé bien que todavía conserva esa preciosa sonrisa y una arrolladora presencia que hace que no pase desapercibida.

  7. Te agradezco tus halagos Fernando pero tampoco es para tanto… Me gusta enseñar y los alumnos captan esa pasión que les transmito. En cuanto a lo demás, «tempus irreparabile fugit»…
    Gracias Borromín por tus palabras que siempre son bienvenidas.

  8. Me creo lo de la arrolladora presencia, ya que sólo con sus palabras también ha hecho, que yo como cualquier otro de sus alumnos, ser fiel a sus «clases» en este blog.

    También me creo lo del absentismo, ya que en mi época docente, aunque yo universitario, (he de reconocer aquí mis pecados) creo que aumentó… mi sonrisa creo que no fue muy cautivadora, aunque en mi defensa he de decir que explicar ciertos fenómenos eléctricos es mucho menos atrayente que leer a Rubén Darío.

  9. Vais a conseguir que me sonroje… Mil gracias. La verdad es que la literatura es un «caramelo» si te gusta enseñar. Aún así hay veces que no hay forma de cautivarlos… Un abrazo «con sonrisa» para todos.

  10. Querida Marisa, me ha gustado mucho esta entrada. Mi madre admiraba también a Rubén Darío. Conservo cuadernos con los poemas que hacía a partir de los de él. Me necanta lo que dices, así es. Mientras haya preguntas imposibles y palabras que tengan un sonido, habrá poetas.
    Tu sonrisa me la puedo imaginar, porque va unida a la persona que leo.
    Un beso.

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