Entre los escombros donde ha muerto un niño hay siempre un juguete roto. Como restos de una infancia arrebatada, entre el polvo, la piedra y la sangre, vislumbramos un peluche hecho jirones, o la cabeza despedazada de una muñeca, o las ruedas de un coche de carreras. Recuerdo a Pessoa en su Libro del desasosiego : «No hay imperio que valga el que por él se rompa la muñeca de una niña…No hay ideal que merezca el sacrificio de un tren de hojalata.» ¿Hasta cuando seguirá la humanidad «civilizada» sacrificando niños y juguetes?
Qué preciosas palabras. Yo soy de los que piensan, con aquel lugar común, que la única patria de un hombre es su infancia. Aunque a veces, cuando nos ponemos un poco cÃnicos (tal vez por autodefensa) tendemos a pensar que la infancia es una mitologÃa. Pero no. Me uno a Saint Exupery: recordar a ese niño que también somos nosotros y aún nos mira, como preguntándonos algo, desde el papel de las fotos viejas. Un abrazo.
Es cierto. Si todos hiciéramos más caso al niño que llevamos dentro el mundo serÃa un lugar menos inhóspito. Arrinconamos al niño interior porque sabe cosas que nosotros hemos olvidado. Y asà nos va.¡Y asà le va al mundo!